¿La resistencia al cambio es actitud o arquitectura?
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Quinto café de la semana. Quinto café sin el vasito de agua que pedimos que lo acompañe.
La explicación fácil apunta al camarero. La que no queremos ver, a su cerebro.
Llevamos meses intentando cambiar un gesto de 3 segundos. Dos cursos de “Guest Experience”. Reuniones. Carteles en el back office. Nada.
Aquel vasito marcaba la distancia entre poner un café y servirlo.
No era la primera vez: cada procedimiento nuevo seguía la misma curva. Formación, tres semanas de cumplimiento y vuelta al punto de partida. El del vasito era el más simple de todos; por eso dolía más.
El primer diagnóstico siempre es el mismo: resistencia al cambio. La etiqueta tiene una ventaja que nadie confiesa: absuelve al que diseñó el procedimiento. O sea, a mí. El diagnóstico real: pedíamos a la gente que abandonara autopistas neuronales de años por caminos de tierra que aún no existían. Nadie resiste por deporte.
El cerebro administra su energía como un financiero receloso. Un hábito instalado es barato de ejecutar; uno nuevo exige atención sostenida, y la atención se paga. Sin recompensa clara o urgencia real, la inversión no se aprueba: el camino nuevo se queda sin asfaltar. Por eso el cartel informa pero no abarata el gesto, y el curso convence a la persona cuando, en pleno servicio, quien despacha es el hábito.
Lo que he aprendido a base de cafés sin agua: el cambio no se comunica, se diseña como una experiencia. La resistencia, más que un obstáculo, es información sobre la fricción. Y si el equipo no adopta el cambio, revisa la arquitectura, no la actitud.
El vasito nunca llegó: me fui del hotel antes de conseguirlo. Aquella derrota de tres segundos me enseñó más que los dos cursos: ahora diseño para la biología que tengo delante, y es el Excel el que se adapta.
Si diriges un hotel o un negocio de servicios y algo de esto te suena, escríbeme: xavier@marsalsanchez.com. Contesto siempre.